Lentamente despertó, se dio cuenta de que estaba vivo y respiró hondo llenando los pulmones y ya completamente lúcido oyó de nuevo el canto de la calandria que desde el altísimo eucaliptus de la casa de enfrente saludaba al sol cinco minutos antes de que este apareciera; seguramente fue lo que lo despertó. Podía pensar ancho y profundo. Una enorme paz iluminada lo rodeaba. Percibió olores de ropa, de muebles, de transpiración. Miró de reojo a su mujer que dormía profunda y completamente destapada.